Cuentos de la hipotenusa. (Oie, qué estas diciendo) Los dos catetos estaban sentados en una silla. Uno hacía de asiento y el otro de respaldo. Desde allí miraban el horizonte, las estrellas y, de vez en cuando, el paso silencioso de algún cometa. Una tarde apareció la hipotenusa. Venía de lejos, inclinada y elegante, con palabras melosas. —Esto no es vida —les dijo—. Siempre al aire libre, soportando el viento, la lluvia y la noche. Yo puedo ofrecerles una casa ya instalada. Tendrán techo, baño, agua corriente y toda clase de comodidades. Los catetos se miraron. Nunca habían necesitado nada de eso, pero la hipotenusa hablaba con tanta dulzura que comenzaron a sentir frío. —Solo tienen que dejarme unir sus extremos —agregó—. Será apenas una línea. Aceptaron. La hipotenusa se tendió entre las dos puntas y los tres quedaron perfectamente cerrados. Euclides, que pasaba por allí, los midió con su regla y declaró que aquel triángulo era una vivienda sólida y bien proporcionada. Al principio, los catetos celebraron. Tenían paredes, un baño instalado y ninguna corriente de aire. Pero cuando llegó la noche quisieron mirar las estrellas y no encontraron el horizonte. Buscaron una ventana. Después buscaron una puerta. No había ninguna. La hipotenusa, tendida de un extremo al otro, fingía dormir. Entonces comprendieron que aquella línea que debía protegerlos era también el cerrojo. Pero ya era tarde: afuera seguían pasando las estrellas y ellos habían quedado encerrados para siempre dentro de una figura perfecta Ver menos